"Ayer me moriré y no quiero, no quiero esperar. No quiero esperar a que el ayer llegue porque jamás llegará. Nunca llega el ayer, nunca. A veces sólo me dice que vuelve matándome, que vuelve enredándome, que vuelve condenándome a su sucia trampa de no volver jamás.
Pero qué recuerdos. Qué pintoresco que los recuerdos vuelen y vengan sin salir del ayer, acariciándome con sus sucias manos viejas, amándome como una sucia madre muerta, esperándome como los espero”.
No sé, ya no hay más ideas como para seguir escribiendo de esto sin repetir lo que ya dije, es un mal vicio, un mal defecto. Ahora quisiera... ¿Qué quisiera? –No sé- ¿Hablar de Julio? –No, Julio ya esta demasiado saboreado, demasiado malhumorado con esa rara forma de pensar que le he dado; se revela, quiere ser otro, quiere ser Julio el mes, el de las vacaciones, el de las fiestas patrias, el de los hombres, de las mujeres, él del frío.
Y de nuevo un “Quisiera… no sé”. Conocer a un hombre no como yo, pero quizá si un poco, que utilice las metáforas que utilizo, y también las que no utilizo porque sino me aburriría un tanto, pero que las use de un modo distinto, ¡sí!, que él las haga ciertas, de modo que si de pronto dice “Tus manos de espada” refiriéndose a Jhons, Jhons empiece a atravesarse por metales brillantes destrozándole los carnales brazos y los amarillentos huesos; los húmeros, los radios, los cubitos, los dedos; y acabar así, como la metáfora manda, con sus dos brazos de acero afilado, de esqueleto artificial tan brillante y tan bien hecho, pero abominablemente malos como huesos bellos. En algún lugar de todos los lugares de este mundo lastimosamente único ha de haber un tipo con manos de espada, no estoy seguro, pero lo intuyo; somos tantos y tantos, debe haber alguien. Pero ya no quiero metáforas ciertas, después de esta abominable imaginación mía (o de aquel tipo no como yo aunque sí un poco). Ayer hablaba del amor y se sintió grato, como si por primera vez el amor me devolviera algo que no le pido pero que quiere darme. Aquí dejo algunas cosas porque después me olvido:
“Pero el amor no se sabe cuando debe saberse, jamás, no, el amor jamás. A veces no sé si se debe saber bastante o es mejor saber poquito. El amor siempre es la confusión tranquila.
Odio saber que el amor termina siempre por la ingenuidad de creer que un “Te amo” es el amor, que un "¿Me amas?" es el amor. El amor será un "te amo"...quizá una vez un día, pero al otro día será un "que lindo duermes"; otros días un...arroz con leche, en otros la misma noche, y en otros... un simple beso.
El amor no existe si se compara con las demás cosas, o si se le quiere acomodar con las demás cosas. El amor, para existir, debe de ser las demás cosas.
Mi mujer ahora... no existe. Mi mujer son todas las mujeres que no existen. Mi mujer cuando exista sabrá que es mi mujer... cuando de pronto se de cuenta que no es mi mujer, porque que en realidad yo soy el suyo, jugando siempre a hacerla mía”.
Eso fue ayer, una secuencia de palabras irreversibles que se quedan grabadas en mí y en todas ellas (las palabras).
Que risa –no sabes qué da risa- pero da risa; sucede que tengo el cabello demasiado largo y hoy por la mañana esperaba, no te diré qué esperaba (Pero esperaba), y unos niños -muy pequeños por cierto- se quedaron mirándome la melena, como que colgándose con los ojos de la misma, con una cara de idiota sorprendido, admirando y esperando a ver como esa cosa negra llena de brillo rojo o blanco se terminaba por tragar mi cara, pero al rato noté que dicha digestión era demasiado lenta, cosa que ellos jamás deducirán seguramente, entonces decidí sacudir la cabeza, regalarles un poco de espectáculo, y la moví rápida y varias veces seguidas, como diciendo NO con la cabeza de una forma chistosa, y el monstruo negro empezó a sacudir los tentáculos o los dientes, casi soltándose de la nunca y de la frente pero bien agarrado de entre la oreja y las mejillas, era un monstruo incansable y tenebroso que después de cada sacudida terminaba con los tentáculos o los dientes por muy sobre mis ojos, y parecía que los hacia suyos, que de pronto se entre abría entre esa pelusa negra un negro más negro todavía con destellos de lucecita blanca y triste pésimamente victoriosa, entonces una ultima sacudida casi agónica hacia la izquierda liberaba de los tentáculos a mis ojos que volvían a ser míos. En fin, a pesar de esta trama un tanto fantástica y tenebrosa, los niños acababan muertos de risa luego de cada sacudida, ¿Qué rayos habrán visto los niños?
Bueno, ya quizá me espere una siesta o unos libros o un almuerzo, no lo sé. ¿Qué hora es? Carcajeo queriendo reescribir sobre el tiempo, pero ya no, ya es muy tarde o muy temprano, o de repente ya ni es tarde ni temprano, es muy algo, muy escrito, muchas letras.
Me iré a hacer mis cosas, a atraer ayeres. Quién sabe, quizá vuelvan.
Buenas Noches, buenos días, buenas tardes.
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